Mary tenía un examen final hoy. Como sucede en la víspera, no durmió bien. Sentía mucho calor, y se encontraba en la mitad de la plaza Freud. Se sentó bajo un árbol, y dejó que las hormigas la mordieran.
Mary estaba cansada. Bueno, no es el cansancio de todo el mundo, el de ella suele estar adornado con alegría. Por estos días, Mary ha intentado animarse, y en el fondo está muy triste. Alguien volvió a inspirarle hacerle daño. Mary creía que ya lo había olvidado, que la fórmula se había evaporado, que su cerebro la había filtrado, y no. No es así. Aún Mary tiene la capacidad de reducir a aquellas personas que quiere querer. Mary está agradecida con David porque no ocurrió nada. Si así hubiera sido, quizá su sinceridad lo habría lastimado, y él no lo merece. Ella es experta para herir. Justo ahora tiene tantas cosas acumuladas. Odia el instante de esa noche en que notó que en realidad no le gusta. Odia haber esperado unos meses para hablar con él, y darse cuenta en treinta segundos que no era interés real. Mary quiere ir a su lugar y llorar... una hora, dos horas, las que hagan falta. Quiere quebrarse, y dejar que la tristeza fluya sin prisa. No está triste por él, sino por ella. Ha guardado algunas apreciaciones en el bolsillo, y allí se han hecho cenizas. Tiene que llorar, lo necesita.
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