Mary peleaba con alguien. Era un hombre. Lo golpeaba con sus baquetas. Quería herirlo, y su ira era inmensa. Sin embargo, a pesar de cada golpe, él no sangraba, ni se inmutaba. En su desesperación, Mary cruzó la calle y se quedó en la esquina, contemplando a su soledad, que había decidido ponerse pantalón.
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