En medio de la noche, se coló una sonrisa roja. Mary se acostó, esperando que el viento le permitiera descansar, deseando que esa noche todas las demás cosas se alejaran de su cabeza. Se relajó. Sintió cada latido de su corazón, porque al acostarse de lado lo escucha más cerca, más duro. Se quedó dormida al compás de sístole y diástole. Soñó con la melodía imprecisa que tocó esa vez. En medio de la multitud, ella había comprado un pastel, y esperaba ansiosa verlo entrar por esa puerta, verlo volver. Y él, no volvió. Mary siempre ha tenido muchos amigos, más bien pocas amigas. Ese día ella conoció a Danny, un buen amigo con el que ha compartido muchas cosas, a pesar de no haberlo visitado el día de su accidente, ni haber visitado a su hija. Unos días después recibía su injusta carta, en la que no se excusaba por no haber ido, sino que exponía el destrozo que había causado a Mary, que lo desterró de su vida ese día. La mostraba justo como ella no era. Como no había sido. Mary soñó con ese texto porque lo considera injusto desde hace tiempo, y ayer lo volvió a leer. Recordaba. Ella no insiste, no lo hace. Se desvaneció de su vida, y después se encontraron de nuevo. Las circunstancias eran distintas, y él también quería herirla. Mary sabe manejar bien esos instantes. Ayer soñó con el hombre que una vez la completó, aunque hubiera sido por tan poco tiempo. Se complementan, y se alejan por ello.
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