Un perro la perseguía, y Mary no podía andar. Se detuvo, giró, se convirtió en gato, y espantó al perro.
Mary tenía que rendir un final hoy. Rendir... suena extraño, antes decía presentar. Igual cree que le fue bien. Ayer habló con Mayerlin, una de sus mejores amigas, y la dejó inquieta la conversación. A Mary no le gusta ver sufrir a la gente que ama, y siente que no puede hacer mucho para ayudarla ahora. Quisiera verla, pero Mary no irá a Colombia en vacaciones, se dedicará a pasear por este lindo país. La soledad vendrá en su maleta, y ella seguirá siendo feliz. Justo en este momento, su atención está focalizada en Mayer, toda en ella. Hace un tiempo, unos años exactamente, Mary atravesó una crisis similar. El punto del aparente no retorno. El punto en el cual no es posible explicar el futuro, ni entendiendo el presente ni analizando el pasado. El punto preciso en donde parece que el camino se acaba, y no puede desdibujarse. Se conjunta todo aquello que carece de sentido, y elimina toda función subsiguiente. Esa crisis duró meses. Fue nívea, y a la vez, sorda. Mary quiere darle un abrazo a Mayer. Mary sabe cómo animar a las personas, y está desesperada porque siente que en la lejanía está olvidando un poco a las pocas personas que alberga en su corazón. Cuando su vida es real, como ahora, como hoy, sentir sabe distinto.
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